terça-feira, 6 de março de 2012

La Concelebración Eucarística. Del Símbolo a la Realidad



Intervención del cardenal Cañizares en la Universidad de la Santa Cruz de Roma


El cardenal Antonio Cañizares intervino en la presentación del libro de monseñor Guillaume Derville La concelebración eucarística. Del símbolo a la realidad, en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma, este lunes 5 de marzo. Ofrecemos la intervención del cardenal Cañizares.

*****

“Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Pedro, tomando la palabra, le dice a Jesús: -Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Mc 9, 2-5).

Ayer, segundo domingo de Cuaresma, la liturgia proclamaba las palabras que acabo de leer. Palabras que pienso pueden servir de marco, de introducción, en esta presentación del libro de monseñor Guillaume Derville, publicado por Palabra, La concelebración eucarística. Del símbolo a la realidad [La concélébration eucharistique. Du symbole à la réalité, publicado por Wilson & Lafleur en su colección Gratianus].

Al evocar el relato de la transfiguración brotan espontáneas en nuestra mente las palabras: gloria, fulgor, belleza. Son expresiones que se aplican directamente a la liturgia. Como recuerda Benedicto XVI la liturgia está intrínsecamente vinculada con la belleza. De hecho “La verdadera belleza es el amor de Dios que se ha revelado definitivamente en el Misterio pascual”1.

La expresión “Misterio pascual” sintetiza el núcleo esencial del proceso de la Redención, es el culmen de la obra de Jesús. A su vez, la liturgia tiene como contenido propio esta “obra” de Jesús, porque en ella se actualiza la obra de nuestra Redención. De ahí que la liturgia, como parte del Misterio pascual, sea “expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra. El memorial del sacrificio redentor lleva en sí mismo los rasgos de aquel resplandor de Jesús del cual nos han dado testimonio Pedro, Santiago y Juan cuando el Maestro, de camino hacia Jerusalén, quiso transfigurarse ante ellos (cf. Mc 9,2). La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza”2.

Querría fijarme precisamente en las últimas palabras del texto apenas citado pues, en mi opinión, introducen un tema delicado que es, al mismo tiempo, el centro del estudio de monseñor Derville. Leámoslas de nuevo: “la belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza”.

Es decir, la liturgia, y dentro de ella la concelebración, será bella cuando sea verdadera y auténtica, cuando en ella resplandezca su propia naturaleza. En esta línea se sitúa el interrogante planteado por el Romano Pontífice ante las grandes concelebraciones: “Para mí –dice el papa– queda un problema, porque la comunión concreta en la celebración es fundamental; por eso, creo que de ese modo aún no se ha encontrado realmente la respuesta definitiva. También en el Sínodo pasado suscité esta pregunta, pero no encontró respuesta. También hice que se planteara otra pregunta sobre la concelebración multitudinaria, porque si por ejemplo concelebran mil sacerdotes, no se sabe si se mantiene aún la estructura querida por el Señor”3.

Se trata efectivamente de mantener “la estructura querida por el Señor”, porque la liturgia es un don de Dios. No es algo fabricado por nosotros los hombres. No está a nuestra disposición. De hecho, “con el mandato «Haced esto en conmemoración mía» (cf. Lc 22,19; 1 Co 11,25), nos pide corresponder a su don y representarlo sacramentalmente. Por tanto, el Señor expresa con estas palabras, por decirlo así, la esperanza de que su Iglesia, nacida de su sacrificio, acoja este don, desarrollando bajo la guía del Espíritu Santo la forma litúrgica del Sacramento”4.

Por este motivo, “debemos aprender a comprender la estructura de la liturgia y por qué está articulada así. La liturgia se ha desarrollado a lo largo de dos milenios e incluso después de la reforma no es algo elaborado sólo por algunos liturgistas. Sigue siendo una continuación de un desarrollo permanente de la adoración y del anuncio. Así, para poder sintonizar bien con ella, es muy importante comprender esta estructura desarrollada a lo largo del tiempo y entrar con nuestra mens en la vox de la Iglesia”5.

El completo estudio de monseñor Derville se coloca en esta dirección. Nos ayuda a ponernos a la escucha del Concilio Vaticano II cuyos textos, según las palabras del beato Juan Pablo II, “no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia”6.

El Concilio efectivamente decidió ampliar la facultad de concelebrar en base a dos principios: esta forma de celebración de la Santa Misa manifiesta adecuadamente la unidad del sacerdocio y a la vez, se ha practicado hasta ahora en la Iglesia tanto en Oriente como Occidente7. De ahí que la concelebración, como apunta también Sacrosanctum Concilium, se encontraría entre aquellos ritos que convenía restablecer “de acuerdo con la primitiva norma de los santos padres”8.

En este sentido, cobra su importancia sumergirse, siquiera brevemente, en la historia de la concelebración. La panorámica histórica que nos ofrece monseñor Derville, si bien como él modestamente señala, es un breve resumen, nos basta para dejar ver zonas de sombra, que manifiestan la ausencia de datos definitivos sobre la celebración eucarística en los primeros tiempos de la Iglesia. Al mismo tiempo, y sin dejarse llevar por un ingenuo “arqueologismo”, aporta suficientes elementos para poder afirmar que la concelebración, según la genuina tradición de la Iglesia, sea oriental que occidental, es un rito extraordinario, solemne y público, ordinariamente presidido por el obispo o por su delegado, rodeado por su presbyterium y por toda la comunidad de los fieles. Por otro lado, la concelebración cotidiana, en uso entre los orientales, en la que concelebran únicamente presbíteros, así como la concelebración, por así decir “privada” en sustitución de las Misas celebradas individualmente o more privato, no se encuentran en la tradición litúrgica latina.

Por otra parte, en mi opinión el autor acierta plenamente cuando se detiene en las razones de fondo que menciona el Concilio para la extensión de la concelebración. Una ampliación de la facultad de concelebrar, que debía ser moderada como se descubre leyendo los textos conciliares. Y es lógico que así fuera pues la concelebración no tiene por cometido resolver problemas logísticos o de organización, sino por el contrario hacer presente el Misterio pascual manifestando la unidad del sacerdocio que nace de la Eucaristía. La belleza de la concelebración, como decíamos al principio, implica su celebración en verdad. Y así, su fuerza significativa depende de que se vivan y respeten las exigencias que la misma concelebración conlleva.

Cuando el número de concelebrantes es demasiado elevado un aspecto esencial de la concelebración queda velado. La casi imposibilidad de sincronizar las palabras y los gestos que no están reservados al celebrante principal, el alejamiento del altar y de las ofrendas, la falta de ornamentos para algunos concelebrantes, la ausencia de armonía de colores y formas, todo eso puede oscurecer la manifestación de la unidad del sacerdocio. Y no podemos olvidar que es precisamente esa manifestación la que justificó la ampliación de la facultad de concelebrar.

En el lejano 1965, el cardenal Lercaro, presidente del Consilium ad exsequendam Constitutionem de sacra liturgia, dirigía una carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales, alertando sobre este peligro: considerar la concelebración como un modo de superar dificultades prácticas. Y recordaba cómo podía ser oportuno promoverla en el caso de que favoreciese la piedad de fieles y sacerdotes9.

Es este el último aspecto que querría afrontar muy brevemente. Como afirma Benedicto XVI: “recomiendo a los sacerdotes la celebración diaria de la santa Misa, aun cuando no hubiera participación de fieles. Esta recomendación está en consonancia ante todo con el valor objetivamente infinito de cada celebración eucarística; y, además, está motivado por su singular eficacia espiritual, porque si la santa Misa se vive con atención y con fe, es formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la configuración con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación”10.

Para cada sacerdote, la celebración de la santa Misa es la razón de su existencia. Es, tiene que ser, un encuentro personalísimo con el Señor y con su obra redentora. A la vez, cada sacerdote , en la celebración eucarística, es Cristo mismo presente en la Iglesia como Cabeza de su cuerpo11 y actúa también, en nombre de toda la Iglesia, “cuando presenta la oración de la Iglesia y sobre todo cuando ofrece el sacrificio eucarístico”12. Ante la maravilla del don eucarístico, que transforma y configura con Cristo, sólo cabe una actitud de estupor, de gratitud y de obediencia.

El autor nos ayuda a captar con una mayor profundidad y claridad esta realidad admirable. Y a la vez, con la lectura de este libro nos recuerda y nos mueve a tener en cuenta que junto a la concelebración, se encuentra la posibilidad de la celebración individual o la participación en la Eucaristía como sacerdote, pero sin concelebrar. Se trata, en cada circunstancia, de entrar en la liturgia, de buscar la opción que permita entablar más fácilmente el diálogo con el Señor, respetando la estructura de la liturgia misma. Encontramos aquí los límites de un derecho a concelebrar o no, que respeta también el derecho de los fieles en participar en una liturgia donde el ars celebrandi hace posible su actuosa participatio. Tocamos por lo tanto puntos que han de ver con lo que es justo o no. El autor de hecho hace también referencia al Código de Derecho Canónico.

No me queda más que agradecer a monseñor Derville y a las editoriales Palabra y Wilson & Lafleur el libro que hoy tengo el gusto de presentar. Pienso que su lectura ofrece un ejemplo de la justa hermenéutica del Concilio Vaticano II. “Se trata de leer los cambios indicados por el Concilio dentro de la unidad que caracteriza el desarrollo histórico del rito mismo, sin introducir rupturas artificiosas”13. Y constituye una ayuda y estímulo de cara al cometido que el santo Padre ha recordado recientemente a la Congregación que presido: “se dedique principalmente a dar nuevo impulso a la promoción de la Sagrada Liturgia en la Iglesia, según la renovación querida por el Concilio Vaticano II a partir de la Constitución Sacrosanctum Concilium”14. Además estoy seguro que este libro contribuirá a hacer posible, que el Año de la fe, “sea una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía”15.

Antonio Card. Cañizares Llovera
Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos


NOTAS

1 BENEDICTO XVI, Ex. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 3

2 Idem.

3 BENEDICTO XVI, Encuentro con los sacerdotes de la diócesis de Roma, 7-II-2008.

4 BENEDICTO XVI, Ex. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 11.

5 BENEDICTO XVI, Encuentro con los sacerdotes de la diócesis de Albano, 31-VIII-2006.

6 JUAN PABLO II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 57.

7 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 57.

8 CONCILIO VATICANO II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 50.

9 Notitiae 1 (1965) 257-264.

10 BENEDICTO XVI, Ex. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 80.

11 Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n. 1548.

12 CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n. 1552.

13 BENEDICTO XVI, Ex. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 3.

14 BENEDICTO XVI, Motu proprio Quaerit semper, 30-VIII-2011.

15 BENEDICTO XVI, Motu proprio Porta fide, n. 9.


Fuente: Zenit

sexta-feira, 2 de março de 2012

Summorum Pontificum em São Luís

Eis aqui algumas fotos da Santa Missa na Forma Extraordinária do Rito Romano, celebrada na Igreja do Carmo no último Domingo, dia 26:


Na sacristia



 
Antes da Missa




 
Ofertório

Ofertório

Canon Missæ





 
Hoc est enim corpus meum


 
Hic est enim calix sanguinis mei, novi et æterni testamenti: mysterium fidei: qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem peccatorum.



 
Corpus Domini nostri Iesu Christi custodiat animam tuam in vitam eternam.








 
A Schola Cantorum e o Frei Valdo Nogueira


Fonte: Summorum Pontificum São Luís

quinta-feira, 1 de março de 2012

Respeito pela Vida - Dom Fernando Rifan

A Campanha da Fraternidade – “Fraternidade e Saúde Pública” – “Que a saúde se difunda sobre a terra” (Eclo 38,8), conduz à reflexão sobre um dom de Deus, condição básica para a saúde: a vida, e sobre a privação voluntária dela, entre outras, o aborto provocado.

Que o aborto é algo ruim, nós o sabemos. Que o aborto provocado seja um atentado à vida humana, um assassinato intrauterino, a própria ciência o diz, quando constata que o feto, o ser humano em gestação ainda não nascido, é um ser humano diferente dos pais que o geraram: seus cromossomos celulares o atestam. A ciência também constata que ele é um ser humano com todas as suas características essenciais, ao qual apenas falta o desenvolvimento.

Uma questão que surge é o caso dos fetos anencefálicos, ou seja, os fetos portadores de anencefalia ou malformação cerebral, que, por isso, podem não chegar ao fim da gestação ou sobreviverão pouco tempo fora do útero. Está para ser julgado no Supremo Tribunal Federal o direito do aborto desses fetos. Dizem os favoráveis a esse tipo de aborto que o anencélafo já estaria morto, que ele seria um risco de morte para a mãe e que seria uma tortura imposta a ela pelo Estado negar o direito ao aborto.

A ginecologista e obstetra Doutora Elizabeth Kipman Cerqueira, diretora de Bioética do CIEB do Hospital São Francisco de Jacareí, SP, em interessante artigo publicado pelo Globo (21/2/2012), rebate essas objeções.

Ter malformação cerebral não significa que esteja morto, tanto assim que viverá, ainda que pouco tempo após nascer. Afinal, “o tempo provável de vida determina o valor do ser humano?”. “Nas audiências no STF, foi apresentada devida documentação de que este argumento contraria o próprio protocolo de definição de morte cerebral para recém-nascidos e que inexiste técnica que preencha as exigências legais para comprovar morte cerebral de um feto vivo em gestação, nem mesmo o registro de eletroencefalograma”.

A outra tentativa dos favoráveis, “o risco de morte materna, para enquadrar este aborto na exceção em que não se pune o procedimento em caso de risco materno”, é assim refutada pela Doutora Elizabeth: “argumento não concorde com a obstetrícia clássica. Os riscos físicos e para o futuro obstétrico da mãe são menores se houver espera do desenlace natural da gestação, com o acompanhamento médico. O aborto provocado em qualquer mês gestacional traz riscos não divulgados”. Ou seja, esperar o tempo normal é menos arriscado do que abortar.

O terceiro argumento, “tortura imposta à mãe pelo Estado ao negar o direito ao aborto”, é uma “tentativa de igualar a situação à gestação resultante de estupro. Embora, diante da tristeza ao saber do diagnóstico, a reação inicial possa ser de abreviar a gestação, já que o problema é insolúvel, diferentes correntes de psicologia discordam: há maior probabilidade de arrependimento e depressão consequente ao aborto provocado onde a mãe decide a morte de seu filho do que entre mães que acompanham seus filhos até sua morte natural”.

FONTE: CNBB

2° Domingo da Quaresma, na Forma Extraordinária, em Fortaleza

segunda-feira, 27 de fevereiro de 2012

A Quaresma - Dom Henrique Soares

A Quaresma é um período de quarenta dias. Inicia-se na Quarta-feira de Cinzas, prolongando-se até a Quinta-feira Santa, antes da Missa na Ceia do Senhor. Trata-se de um tempo privilegiado de conversão, combate espiritual, jejum e escuta da Palavra de Deus. A característica fundamental e indispensável da Quaresma é a renúncia de alimentos e o jejum! O número de quarenta dias é importantíssimo, pois tem toda uma significação bíblica: a preparação para o encontro com Deus: os quarenta dias do Dilúvio, os quarenta dias de Moisés no Monte Sinai, os quarenta anos de Israel no deserto, os quarenta dias do caminho de Elias até o Sinai e, sobretudo, os quarenta dias do Senhor Jesus no deserto, preparando sua vida pública. É digno de nota que o mesmo Jesus que entrou na penitência dos quarenta dias aparece transfigurado com dois outros penitentes: Moisés e Elias! Por isso mesmo, o cuidado da Igreja de reservar exatos quarenta dias para a penitência! É tão antigo que tem suas raízes na própria prática da Igreja apostólica.

Na Igreja Antiga este era o tempo no qual os catecúmenos (adultos que se preparavam para o Batismo) recebiam os últimos retoques em sua formação para a vida cristã. Assim, surgiu a Quaresma: tempo no qual os não batizados completam seu catecumenato pela oração a penitência e os ritos próprios, chamados escrutínios e os cristãos, já batizados, pela purificação e a oração, buscam renovar sua conversão batismal para celebrarem na alegria espiritual a Santa Vigília de Páscoa, na madrugada do Domingo da Ressurreição, renovando suas promessas batismais. Fica claro, portanto, que a finalidade da penitência e do combate quaresmais é conformar-se ao Cristo ressuscitado! A Quaresma tem, portanto, uma finalidade pascal!

Fonte: Dom Henrique


quinta-feira, 23 de fevereiro de 2012

Homilia – Quarta-feira de Cinzas – Mons. José de Matos Barbosa

“Benedicto XVI es la columna que sostiene hoy a la Iglesia”, dice el card. George Cottier

 
 
Una gran fiesta de la Iglesia. Un momento “de alegria”, en que “la Iglesia se ha reunido en torno al Papa” para manifestarle “el propio afecto”. “En las grandes perplejidades de nuestro tiempo, él es la columna que sostiene. Lo hace con sencillez, sin fracaso”. El cardenal George Cottier, que cumplirá noventa años en abril, por casi veinte años teólogo de la Casa Pontificia, habla de los cuatro días del cuarto Consistorio de Benedicto XVI. Que han confirmado, dice con un ojo – desencantado - dirigido a las polémicas de las últimas semanas, que “su principal preocupación es que los cristianos vuelvan a los temas centrales de la fe”.

¿Cómo ha visto al Papa en estos días?

Me ha impresionado su serenidad. Ciertamente sufre todas las cosas que han sido dichas por los medios en estos días, pero en el fondo de su ánimo está sereno. Es la fuerza del Espíritu Santo que guía su vida. Es su fe. La vocación específica de Pedro es sostener la fe de los hermanos. He aquí que, en todas las dificultades, en todas las grandes perplejidades, él es la columna que sostiene. Puede parecer un poco cansado, pero en estos días ha hecho una estupenda síntesis de lo que debe ser la actitud de los creyentes, no buscar nunca el poder sino el servicio, hasta el martirio si es necesario, siguiendo el ejemplo de Jesús. Y es bellísimo el testimonio de este hombre que, humilde, sencillo, modesto, tiene esta fuerza espiritual tan intensa, capaz de transmitir paz.

En pocas palabras, se puede decir que, para él, es un modo de ir “más allá”.

Sí, ciertamente. Él deja pasar estas “olas” que quisieran sacudir a la Iglesia, esta gran agitación de las aguas, porque sabe que el movimiento de fondo va más allá. Me ha ocurrido que reflexionando en estos días sobre todo esto, y precisamente durante las jornadas del Consistorio, hablando con otros hermanos, he constatado que no había sido el único en tener un cierto pensamiento. Que es éste: en todo el agitarse en torno a la Iglesia, se puede ver la obra del Maligno en acción. Pero si agita mucho las aguas entonces quiere decir que hay vitalidad en la Iglesia, que el Maligno quiere contrastar. Y esta vitalidad es la fuerza de la fe, es la vida cristiana que se manifiesta en todo el mundo.

¿Dónde se ve esta vitalidad?

Precisamente hace un tiempo un hermano, que viaja mucho, me hablaba de cómo, en todo el mundo, los jóvenes de alguna manera han reencontrado el sentido de la adoración eucarística. Estos son realmente signos de gran vitalidad, allí está la realidad de la Iglesia: una realidad que no debe ser ofuscada por los pecados de los cristianos. Y éste es, en el fondo, el misterio de la Iglesia, que es santa y que tiene miembros que son pecadores, pero que están llamados a ser santos. Entonces, si es a esto a lo que todos estamos llamados, a la santidad, entonces estamos llamados también a dar testimonio, a tener una vida coherente con lo que profesamos. El Papa, también en estos últimos días, ha citado la palabra de Pablo VI, que decía que nuestra época es más sensible a los testigos que a los maestros, y todavía más a los maestros que son también testigos. Éste debería ser el programa de todos nosotros. De todos los cristianos, pero ciertamente todavía más los que tenemos responsabilidades particulares.

¿Qué ejemplo nos da Benedicto XVI?

Un ejemplo grandísimo, cotidiano. Tiene 85 años, como dije antes a veces se lo ve cansado, y esto es totalmente normal; las falsas novelas que se han oído dando vueltas, también sobre esto, ciertamente lo hacen estar mal… Sin embargo, nosotros vemos cómo, a su edad, logra hacer cosas extraordinarias: lo hemos visto en Madrid, o en Alemania, donde nos ha recordado que las estructuras más bellas, si están vacías de fe, no valen nada. Lo hemos visto cuando ha ido a Rebibbia. Y dentro de poco irá a México y a Cuba. Sus catequesis de los miércoles son extraordinarias. Debemos mirar estas cosas. Que él hace siempre con esta idea-clave, que el problema fundamental, especialmente de Europa y de Occidente, es la necesidad de la re-evangelización, a causa de la pérdida de la fe. Esta es la línea fuerte de su pontificado, esta invitación a volver a mirar al amor de Jesús, a la Eucaristía, a los temas centrales de la fe cristiana. Y el Papa habla de esto, porque esto es lo que interesa al mundo.

 
Avvenire
La Buhardilla de Jerónimo

quarta-feira, 22 de fevereiro de 2012

Quarta-feira de Cinzas


"Memento, homo, quia pulvis es, et in púlverem revertéris"

Santo Padre nomeia novo Arcebispo para Teresina

O Santo Padre nomeou Arcebispo Metropolitano de Teresina (Brasil), Sua Excelência Dom Jacinto Furtado de Brito Sobrinho, transferindo-o da diocese de Crateús.

S.Exª. Dom Jacinto Furtado de Brito Sobrinho

Nasceu no dia 16 de junho de 1947, em Bacabal, no estado do Maranhão e foi ordenado sacerdote no dia 15 de janeiro de 1972.

Como sacerdote, foi reitor do Seminário Interdiocesano de Santo Antônio, em São Luís do Maranhão, de 1995 a 1998, e professor de Práticas Sacramentais no mesmo seminário.

O Tempo da Quaresma



"Esposa de Cristo e Mãe dos fiéis, a Santa Igreja parece querer fazer da Quaresma um tempo de santidade, um período em que o ideal de vida cristã e esforço de santificação vão sempre cada ano um pouco mais além.

A Quaresma, a santa Quaresma, são dias de eleição, ditosos dias, em que a Igreja transbordante de vida se lança ao trabalho com toda energia da sua impetuosa e inesgotável fecundidade. Ela exorciza, reconcilia, perdoa, prega, impõe as mãos, numa palavra, revivifica as almas, reconduzindo-as às fontes abundantes da vida. Renascimento espiritual, renovação de vida, heroica ascensão ao Calvário e ao sepulcro glorioso, a Quaresma, com as observâncias penosas que importa, é um manancial abundantíssimo de graças, que devemos amar com a doce expectativa duma reconstituição integral da nossa vida cristã."



Fonte: Missal Quotidiano e Vesperal (Dom Gaspar Lefebvre)

domingo, 19 de fevereiro de 2012

A Monumental Homilia do Santo Padre na Festa da Cátedra de São Pedro




Senhores Cardeais,
Venerados Irmãos no episcopado e no sacerdócio,
Amados Irmãos e Irmãs!

Na solenidade da Cátedra de São Pedro Apóstolo, temos a alegria de nos reunir à volta do altar do Senhor, juntamente com os novos Cardeais que ontem agreguei ao Colégio Cardinalício. Para eles, em primeiro lugar, vai a minha cordial saudação, agradecendo ao Cardeal Fernando Filoni as amáveis palavras que me dirigiu em nome de todos. Estendo a minha saudação aos outros Purpurados e a todos os Bispos presentes, como também às ilustres Autoridades, aos senhores Embaixadores, aos sacerdotes, aos religiosos e a todos os fiéis, vindos de várias partes do mundo para esta feliz ocasião, que se reveste de um carácter especial de universalidade.

Na segunda leitura, há pouco proclamada, o apóstolo Pedro exorta os «presbíteros» da Igreja a serem pastores zelosos e solícitos do rebanho de Cristo (cf. 1 Ped 5, 1-2). Estas palavras são dirigidas antes de mais nada a vós, amados e venerados Irmãos, que sois reconhecidos no meio do Povo de Deus pelos vossos méritos na obra generosa e sábia do ministério pastoral em dioceses relevantes, ou na direcção dos dicastérios da Cúria Romana, ou ainda no serviço eclesial do estudo e do ensino. A nova dignidade que vos foi conferida pretende manifestar o apreço pelo vosso trabalho fiel na vinha do Senhor, homenagear as comunidades e nações donde provindes e de que sois dignos representantes na Igreja, investir-vos de novas e mais importantes responsabilidades eclesiais e, enfim, pedir-vos um suplemento de disponibilidade para Cristo e para a comunidade cristã inteira. Esta disponibilidade para o serviço do Evangelho está fundada firmemente na certeza da fé. De facto, sabemos que Deus é fiel às suas promessas e aguardamos, na esperança, a realização destas palavras do apóstolo Pedro: «E, quando o supremo Pastor Se manifestar, então recebereis a coroa imperecível da glória» (1 Ped 5, 4).
O texto evangélico de hoje apresenta Pedro que, movido por uma inspiração divina, exprime firmemente a sua fé em Jesus, o Filho de Deus e o Messias prometido. Respondendo a esta profissão clara de fé, que Pedro faz também em nome dos outros Apóstolos, Cristo revela-lhe a missão que pensa confiar-lhe: ser a «pedra», a «rocha», o alicerce visível sobre o qual será construído todo o edifício espiritual da Igreja (cf. Mt 16, 16-19). Esta denominação de «rocha-pedra» não alude ao carácter da pessoa, mas só é compreensível a partir dum aspecto mais profundo, a partir do mistério: através do encargo que Jesus lhe confere, Simão Pedro tornar-se-á aquilo que ele não é mediante «a carne e o sangue». O exegeta Joachim Jeremias mostrou que aqui está presente, como cenário de fundo, a linguagem simbólica da «rocha santa». A propósito, pode ajudar-nos um texto rabínico onde se afirma: «O Senhor disse: “Como posso criar o mundo, sabendo que hão-de surgir estes sem-Deus que se revoltarão contra Mim?” Mas, quando Deus viu que devia nascer Abraão, disse: “Vê! Encontrei uma rocha, sobre a qual posso construir e assentar o mundo”. Por isso, Ele chamou Abraão uma rocha». O profeta Isaías alude a isto mesmo, quando recorda ao povo: «Considerai a rocha de que fostes talhados (…). Olhai para Abraão, vosso pai» (51, 1-2). Pela sua fé, Abraão, o pai dos crentes, é visto como a rocha que sustenta a criação. Simão, o primeiro que confessou Jesus como o Cristo e também a primeira testemunha da ressurreição, torna-se agora, com a sua fé renovada, a rocha que se opõe às forças destruidoras do mal.

Amados irmãos e irmãs! Este episódio evangélico, que escutamos, encontra subsequente e mais eloquente explicação num elemento artístico muito conhecido, que enriquece esta Basílica Vaticana: o altar da Cátedra. Quando, depois de percorrer a grandiosa nave central e ultrapassar o transepto, se chega à abside, encontramo-nos perante um trono de bronze enorme, que parece suspenso em voo mas na realidade está sustentado por quatro estátuas de grandes Padres da Igreja do Oriente e do Ocidente. E na janela oval, por cima do trono, resplandece a glória do Espírito Santo, envolvida por um triunfo de anjos suspensos no ar. Que nos diz este conjunto escultório, nascido do génio de Bernini? Representa uma visão da essência da Igreja e, no seio dela, do magistério petrino.
A janela da abside abre a Igreja para o exterior, para a criação inteira, enquanto a imagem da pomba do Espírito Santo mostra Deus como a fonte da luz. Mas há ainda outro aspecto a evidenciar: de facto, a própria Igreja é como que uma janela, o lugar onde Deus Se faz próximo, vem ao encontro do nosso mundo. A Igreja não existe para si mesma, não é o ponto de chegada, mas deve apontar para além de si, para o alto, acima de nós. A Igreja é verdadeiramente o que deve ser, na medida em que deixa transparecer o Outro – com o “O” grande – do qual provém e para o qual conduz. A Igreja é o lugar onde Deus «chega» a nós e donde nós «partimos» para Ele; a este mundo que tende a fechar-se em si próprio, a Igreja tem a missão de o abrir para além de si mesmo e levar-lhe a luz que vem do Alto e sem a qual se tornaria inabitável.
A grande cátedra de bronze contém dentro dela uma cadeira em madeira, do século IX, que foi considerada durante muito tempo a cátedra do apóstolo Pedro e, precisamente pelo seu alto valor simbólico, colocada neste altar monumental. Na realidade, exprime a presença permanente do Apóstolo no magistério dos seus sucessores. Podemos dizer que a cadeira de São Pedro é o trono da verdade, cuja origem está no mandato de Cristo depois da confissão em Cesareia de Filipe. A cadeira magistral renova em nós também a lembrança das seguintes palavras dirigidas pelo Senhor a Pedro no Cenáculo: «Eu roguei por ti, para que a tua fé não desapareça. E tu, uma vez convertido, fortalece os teus irmãos» (Lc 22, 32).
A cátedra de Pedro evoca outra recordação: a conhecida expressão de Santo Inácio de Antioquia, que, na sua Carta aos Romanos, designa a Igreja de Roma como «aquela que preside à caridade» (Inscr.: PG 5, 801). Com efeito, o facto de presidir na fé está inseparavelmente ligado à presidência no amor. Uma fé sem amor deixaria de ser uma fé cristã autêntica. Mas as palavras de Santo Inácio contêm ainda outro aspecto, muito mais concreto: de facto, o termo «caridade» era usado pela Igreja primitiva para indicar também a Eucaristia. Efectivamente a Eucaristia é Sacramentum caritatis Christi, por meio do qual Ele continua a atrair a Si todos nós, como fez do alto da cruz (cf. Jo 12, 32). Portanto, «presidir à caridade» significa atrair os homens num abraço eucarístico – o abraço de Cristo – que supera toda a barreira e estranheza, criando a comunhão entre as múltiplas diferenças. Por conseguinte, o ministério petrino é primado no amor em sentido eucarístico, ou seja, solicitude pela comunhão universal da Igreja em Cristo. E a Eucaristia é forma e medida desta comunhão, e garantia de que a Igreja se mantém fiel ao critério da tradição da fé.
A grande Cátedra é sustentada pelos Padres da Igreja. Os dois mestres do Oriente, São João Crisóstomo e Santo Atanásio, juntamente com os latinos, Santo Ambrósio e Santo Agostinho, representam a totalidade da tradição e, consequentemente, a riqueza da expressão da verdadeira fé na santa e única Igreja. Este elemento do altar diz-nos que o amor apoia-se sobre a fé. O amor desfaz-se, se o homem deixa de confiar em Deus e obedecer-Lhe. Na Igreja, tudo se apoia na fé: os sacramentos, a liturgia, a evangelização, a caridade. Mesmo o direito e a própria autoridade na Igreja assentam na fé. A Igreja não se auto-regula, não confere a si mesma o seu próprio ordenamento, mas recebe-o da Palavra de Deus, que escuta na fé e procura compreender e viver. Na comunidade eclesial, os Padres da Igreja têm a função de garantes da fidelidade à Sagrada Escritura. Asseguram uma exegese fidedigna, segura, capaz de formar um conjunto estável e unitário com a cátedra de Pedro. As Sagradas Escrituras, interpretadas com autoridade pelo Magistério à luz dos Padres, iluminam o caminho da Igreja no tempo, assegurando-lhe um fundamento estável no meio das transformações da história.
Depois de termos considerado os diversos elementos do altar da Cátedra, lancemos um olhar ao seu conjunto. Vemos que é atravessado por um duplo movimento: de subida e de descida. Trata-se da reciprocidade entre a fé e o amor. A Cátedra aparece em grande destaque neste lugar, não só porque está aqui o túmulo do apóstolo Pedro, mas também porque ela encaminha para o amor de Deus. Com efeito, a fé orienta-se para o amor. Uma fé egoísta seria uma fé não-verdadeira. Quem crê em Jesus Cristo e entra no dinamismo de amor que encontra a sua fonte na Eucaristia, descobre a verdadeira alegria e torna-se, por sua vez, capaz de viver segundo a lógica deste dom. A verdadeira fé é iluminada pelo amor e conduz ao amor, conduz para o alto, como o altar da Cátedra nos eleva para a janela luminosa, para a glória do Espírito Santo, que constitui o verdadeiro ponto focal que atrai o olhar do peregrino quando cruza o limiar da Basílica Vaticana. O triunfo dos anjos e os grandes raios dourados conferem àquela janela o máximo destaque, com um sentido de transbordante plenitude que exprime a riqueza da comunhão com Deus. Deus não é solidão, mas amor glorioso e feliz, irradiante e luminoso.
Amados irmãos e irmãs, a nós, a cada cristão, está confiado o dom deste amor: um dom que deve ser oferecido com o testemunho da nossa vida. Esta é de modo particular a vossa missão, venerados Irmãos Cardeais: testemunhar a alegria do amor de Cristo. À Virgem Maria, presente na comunidade apostólica reunida em oração à espera do Espírito Santo (cf. Act 1, 14), confiamos agora o vosso novo serviço eclesial. Que Ela, Mãe do Verbo Encarnado, proteja o caminho da Igreja, sustente com a sua intercessão a obra dos Pastores e acolha sob o seu manto todo o Colégio Cardinalício. Amen!

Do: Vatican.va

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...